2020 / 29 November

Confinado


Confinado

Joseph tenía el corazón muy delicado desde el día en el que lo llamaron y le dijeron que tenía pocos minutos para escapar de su casa con su familia. Aquel día no dudó en seguir las órdenes y, mientras salían todos precipitadamente de casa, vio como tres cohetes antitanque aterrizaban en el salón y pulverizaban los espacios que había dedicado años a crear para acoger su vida y la de los suyos. A la quema del salón, el comedor y la cocina, siguieron catorce años de guerra en los que Joseph fue perdiendo poquito a poco sus pertenencias, sus ahorros, la paciencia y los nervios. Las interminables horas pensando en soluciones alternativas para escapar de aquella guerra que no acababa nunca, la angustia que impregnaba sus días y sus noches, y la desesperante indecisión que llenaba su vida limaban sus fuerzas y sus ganas de seguir adelante. En estos catorce años, Joseph vivió dos traslados a París seguidos de otros dos traslados de vuelta a Beirut porque sus raíces, sus recuerdos y su Oriente lo llamaban, porque el miedo a los cambios definitivos siempre le había asustado mucho y porque, como siempre, la esperanza es lo último que se pierde. A las dos decisiones de volver de París siguieron varios meses de tormento por el arrepentimiento de haberse precipitado en volver, de haber caído en la trampa de las promesas vacías de alto el fuego y de paz definitiva, y por la frustración de haber seguido aferrándose tenazmente a la ingenua ilusión de que, por arte y magia de la vida, de repente, todo volvería a ser exactamente como antes. Estaba tan cansado de no saber qué decisiones tomar, de acabar tomando siempre las decisiones que no debía, de estar constantemente temiendo por su vida y por la de su familia, y de sentirse desesperadamente impotente que, a sus cincuenta y nueve años, parecía tener setenta. Joseph siempre había estado rodeado de sus libros porque era lo que más le gustaba en la vida. Preparaba sus clases de literatura con cuidado, dirigía las tesis de sus doctorandos con paciencia, escribía sus artículos con amor y dedicación, y leía, leía mucho. Tenía una fe tan ciega en sus libros que le parecía lo más normal del mundo someter a su hijo a la lectura de las novelas de Balzac y de los ensayos de Montaigne para comentarlos después con él; como si pedirle semejante cosa a un adolescente podrido de guerra y de inseguridad fuera lo más normal del mundo. De hecho, fueron los libros los que ayudaron a Joseph a soportar las huidas de casa a horas intempestivas, los cambios precipitados de residencia en búsqueda de lugares menos expuestos al peligro, la inseguridad permanente que ya formaba parte de su vida, el miedo incesante a lo que pudiera pasar y, sobre todo, los múltiples e interminables confinamientos en sótanos, rellanos, portales y demás refugios de fortuna más o menos salubres, más o menos cómodos, en los que las batallas campales y los bombardeos los obligaban a menudo a todos a pasar largos periodos de tiempo.

En esta enésima bajada al refugio, Joseph no sabía que iba a vivir el último confinamiento de su vida. Este último confinamiento fue también el más difícil de los últimos años; fue larguísimo y agotador por la crudeza de la batalla que devastaba lo poco que aún seguía en pie ahí fuera. Esta vez, a Joseph las bombas no le cayeron encima, ni lo fulminaron sin dejar rastro de él, ni transformaron su cuerpo en un amasijo de carnes sanguinolentas. Esta vez, la acción de las bombas fue mucho más sigilosa y siniestra. Explotaban haciendo un ruido que le helaba la sangre, volaban hacia su objetivo produciendo unos silbidos que le trituraban lo que le quedaba de nervios y sus violentos impactos le sacudían el cuerpo como si fuera una alfombra vieja. Las bombas siempre habían sido muy crueles y devastadoras, pero esta vez, su ferocidad fue tan contundente que, un día, las retinas de Joseph, agotadas de sufrir tanto sobresalto, no tuvieron más remedio que rendirse, desgarrarse y desprendérsele poco a poco de los ojos. El mal ya estaba hecho. A partir de ese momento, sus inútiles retinas ya no podrían nunca más filtrar los textos que lo habían acompañado y consolado durante todos aquellos años. Todo empezó una tarde particularmente violenta en la que Joseph se dio cuenta de que veía borroso. «No veo bien», dijo, y le contestaron que no era el momento de lamentarse, que en la calle la gente se moría a puñados y que, en vez de quejarse, tenía que estar agradecido por la suerte de tener cobijo en un sótano seguro y con paredes sólidas. «Veo cada vez peor», musitó más tarde, pero todo el mundo estaba preocupado por cosas más urgentes y su queja se quedó sin respuesta. Los habitantes del sótano tenían otras prioridades. Había que organizar la salida escalonada de los vecinos hacia sus pisos respectivos para el avituallamiento periódico. Era vital moverse con sigilo, agachados para no exponerse a las balas despiadadas de los francotiradores. Una persona por turno, máximo dos. Subían como sombras por las escaleras, cada uno entraba en su piso sin hacer ruido, cogía lo primero que encontraba en la despensa, se pasaba deprisa agua y jabón por la piel, se cambiaba rápidamente de ropa y se precipitaba otra vez hacia el sótano, encantado de haber engañado una vez más a los ojos asesinos del francotirador de turno y, sobre todo, aliviado de haberse quitado de encima el olor a sudor, adrenalina, miedo y humedad que lo había habitado durante días.

Una mañana, Joseph abrió los ojos, no vio luz ninguna y se quedó petrificado. Por mucho que moviera los párpados, que los abriera y cerrara repetidamente, no le entraba ninguna imagen por los ojos. Al estupor y la alarma siguió una carrera en coche, bajo una lluvia de bombas, con su hija de diecisiete años. Aquella mañana ningún miliciano se atrevió a parar el enorme Mercedes Benz en su loca carrera, conducido por una joven diminuta, inexperta y sin permiso de conducir, pero con el valor suficiente para agarrar el volante y volar con su padre hacia el hospital más cercano. No sirvió de nada la gesta de la hija porque los médicos, a pesar de intentarlo todo con una operación desesperada, no pudieron salvarle la vista. Se despertó de la anestesia, le dijeron que nunca más podría volver a leer un libro y entonces cerró los ojos, se rindió al destino y, a partir de ese momento, nadie pudo hacer nada para salvar lo que le quedaba de fuerza en el corazón. Dejó de hablar, de comer, de caminar y, pocos meses después, su corazón paró una mañana de latir, ahorrándole así los últimos confinamientos de aquella interminable guerra que seguía, impasible, acumulando víctimas en su loca y absurda carrera hacia la nada.