2020 / 2 July

Dear XXX (con prefacio)


De cuando al intérprete se le fue la olla y tuvo el valor de escribirle un e-mail al cliente con cualquier cosa dentro

La crónica de un intérprete quemado.

Se da un paseo por los infiernos y, con las neuronas electrocutadas, se permite una salida de tono descomunal y acaba perdiendo el cliente.

Al cliente lo perdí, es cierto, pero no os podéis imaginar lo a gusto que me quedé y lo bien que por la noche dormí, así que me quiten lo bailao.

Los que me conocen saben que hay una parte de mí que anda un poco escasa de tornillos y que a veces, parece que me chuto sustancias raras porque es incomprensible que me excite tanto bailar agarrao con el fuego. Me he analizado y se ve que lo mío no tiene arreglo. Es así, en este mundo hay personas que adornan su vida con estupefacientes, otras prefieren ahogar sus penas en litros de alcohol y yo, será porque precisamente me faltan esos tornillos, voy detrás de los subidones jugando con fuego, metiendo la pata hasta la ingle, cuando no procede, y sorprendiendo a mis clientes con teatrillos improvisados que los dejan sin palabras. Cada uno se busca la felicidad como quiere, o como puede.

Muchos se quejan de que los intérpretes somos exigentes, maniáticos y quejicas por naturaleza y yo les respondo que probablemente algunos intérpretes lo sean pero que también, bajarse demasiado los pantalones puede provocar cólicos, que los cólicos suelen producir diarreas y que las diarreas apestan. Entiendo que hay que ser flexible, razonable y complaciente con los clientes pero de ahí a confundir el ser servicial con el todo vale hay un trecho. Me paso la vida explicando a quien quiera oírme que el ejercicio de interpretar le exige al cerebro mucho esfuerzo y mucha concentración y que, por consiguiente, no es algo que uno pueda hacer tranquilamente mientras friega los platos, barre el suelo de su casa o elabora la lista de la compra. Por supuesto que no siempre se pueden reunir las condiciones perfectas de comodidad, aislamiento acústico, sonido de alta calidad, oradores compasivos, elocuentes y pausados, discursos impecables, extensa documentación previa y pausas-café largas y frecuentes con café italiano y bollería fina. Los intérpretes somos razonables y realistas y en estas contadas ocasiones en las que Dios nos toca con el dedo y permite que se reúnan estas condiciones ideales de trabajo que acabo de describir, nos da una crisis de agradecimiento de tal magnitud que sollozamos de emoción, salimos escopeteados a llevar flores a la Virgen, nos gastamos la tarifa íntegra en obras caritativas, decidimos donar nuestro cuerpo a la ciencia o nos liamos la manta a la cabeza y nos vamos de peregrinación a Fátima caminando de rodillas desde Barcelona hasta el santuario portugués mientras vamos alabando a Dios y a su divina misericordia con cánticos multilingües. Si bien es verdad que los intérpretes podemos ser realistas y razonables, de ahí a que nos tomen por máquinas hablantes a prueba de temperaturas extremas, horarios inhumanos, sonido deficiente, comodidad inexistente y obstáculos variopintos hay un gran trecho. No sé si me explico pero yo, por ejemplo, si llamo a un fontanero, no le exijo que me arregle las tuberías mientras va haciendo el pino y aguantándose la respiración sino que intento ofrecerle las mejores condiciones para que haga su trabajo cómodamente. Me parece justo que sea así y no creo que esté pidiendo la luna; es de sentido común.
Pues después de esta larga introducción, ya os podéis imaginar que lo que sigue es el relato de una serie de agravios, frustraciones, cables cruzados y reacción exagerá. Ahí va la historia. Me contrataron para una interpretación que acabó siendo más dura que un largo paseo de penitente por el purgatorio con cadenas, grillete y bola de hierro atada al talón. Es verdad que tengo la piel curtida, que las he visto de todos los colores y que es precisamente por eso que en esta ocasión salí del purgatorio vivo y sin dejarme grandes cachos de piel detrás pero también es cierto que me tuve que someter después de este paseo a una cura que consistía en tragarme varias pelis americanas chorras en cadena, con refuerzo de palomitas y chuches, para recuperarme de la infamia que acababa de sufrir. Obviamente, lo cuerdo y sensato hubiese sido esperar unos días para olvidarme un poco de aquel horror antes de reaccionar pero se ve que a pesar de mis veinticinco años en Barcelona, el concepto de “seny” aún no se me ha pegado; el diablillo rebelde que guardo dentro de mi corazón decidió que la cordura no era lo mío así que reaccioné en caliente y la lié.
Ahí van los hechos. Me llamaron de una organización internacional muy importante, de esas que les sobra tanto la pasta que tienen equipos enteros de personas que se pasan la vida rompiéndose la cabeza para encontrar formas de gastarla. Los de la organización me pedían interpretar a unos letrados norteafricanos que habían traído a Barcelona para hablar de los últimos avances legales en la orilla sur del mediterráneo. Habían invitado también a otros letrados de la orilla oriental aguijoneados para embestir sin compasión, debatir con pasión y rebatir sin miramientos los argumentos de sus “hermanos” africanos. El propósito era provocar rifirrafes acalorados entre árabes orientales y occidentales, cosa que, dicho sea de paso, suele poner muy cachondos a los responsables de organizaciones occidentales, perdón, internacionales; me pierden los lapsus. La organización en cuestión era uno de esos “think tanks” provenientes del Imperio del Capital que reparten valores por dónde pasan, exportan democracia a peso y emplean a mogollón de expertos multicolores cargados de títulos rimbombantes que se pasan meses redactando informes a destajo, fabricando presentaciones de Power Point llenas de tablas y gráficos y organizando reuniones, mesas redondas y debates en ciudades de moda para así aprovechar mejor la estancia dedicando el último día al shopping necesario, epílogo natural y obligatorio de este tipo de eventos; de ahí lo de montar el sarao en Barcelona. Felizmente, estos grandes montajes acaban dando de paso trabajo a transportistas, agentes de viaje, hoteleros, taxistas, restauradores, camareros, técnicos de sonido e intérpretes de conferencia. Entenderéis pues que la organización se había dejado una pasta gansa en este montaje. Los participantes estaban alojados en un hotel caro, céntrico, trendy y moderno, las comidas se servían en restaurantes de alto copete y la reunión tenía lugar en una magnífica sala ubicada en una capilla gótica con techos altísimos, bóvedas históricas, vidrieras restauradas, una acústica horrorosa y un aislamiento inexistente. Resumen de la historia, el ruido de los skaters que inundaban permanentemente las calles adyacentes era tan fuerte que daban ganas de salir a subirse a los hombros de uno de ellos para experimentar el subidón que produce el dar por culo día y noche a los vecinos de un barrio entero, durante las veinticuatro horas del día, con la excusa de que uno es más moderno que los churros con sabor a chicken wings. Los debates iban a durar tres días y prometían ser densos. La organización había traído desde su delegación del Cairo a su intérprete “in-house” y me habían contratado a través de su delegación española para interpretar los debates del árabe al inglés. De hecho, solamente interpretaba para el presidente, el director ejecutivo, una directora con un título imposible de recordar, el director de la región ibérica y una colección de expertos del “mundo árabe” que, curiosamente, no entendían el árabe y que, dicho sea de paso, eran todos bien blancos y bien occidentales. Yo ya había dejado claro desde el principio que para que hubiera interpretación al inglés, todo Cristo tenía que hablar obligatoriamente en árabe estándar y había advertido repetidas veces que si se les ocurría empezar a marearme con variantes regionales la que iba a interpretar iba a ser su tía y me habían confirmado y reconfirmado que mis deseos eran órdenes.
El mazazo cayó dos días antes del evento cuando me comunicaron que visto que era imposible montar una cabina en la capilla de marras, la interpretación se tenía que hacer a pelo y con infoports. Para los que no sois del ramo, trabajar con inforports es lo más parecido a una bajada en toda regla a todas las capas del infierno ya que con este sistema portátil, el intérprete trabaja sin cabina y además, está obligado a susurrar en el micro para no molestar a los presentes. Para acabar de adobarlo todo, al intérprete no le llega el sonido directamente al oído a través de auriculares sino que tiene que interpretar “a pelo”; en otras palabras, que se tiene que encomendar a la Virgen para que le ayude a entender lo que se está diciendo ya que lo único que le queda es ir pillando, como buenamente puede, las palabras al vuelo. El problema es que para poder pillar las preciosas palabras, el intérprete se ve constantemente obligado a cambiar raudo y veloz de sitio para conseguir oír más o menos correctamente mientras va haciendo malabarismos para sortear molestias sonoras adicionales (ruidos domésticos de diversa índole como por ejemplo la Nespresso, un instrumento de tortura medieval que está siempre presente en todas las salas de reuniones y que los participantes suelen accionar continuamente para dar por culo a los intérpretes y además, en este caso, el infierno de los skaters en la calle, el eco de la dichosa capilla y sobre todo, la disposición de los letrados en círculo que me obligaba a hacer los cien metros lisos en un sentido y en el otro alrededor de la mesa redonda para situarme enfrente del que hablaba en cada momento). Resumiendo, interpretar con infoports es como marcarse saltos, piruetas, grands-pliés y entrechats calzado con botas de agua o, por ejemplo, tocar el piano con los pezones y la punta del ombligo. Os podéis hacer una idea pues de lo que supone sufrir esto durante varios días seguidos. Es un coñazo de dimensiones monumentales y al final del día, el intérprete suele acabar hecho un guiñapo. A todo esto tengo que añadir que los señores letrados se portaron conmigo como suelen comportarse los representantes de los grandes oficios de la humanidad con la chusma servidora que pulula a su alrededor. Generalmente, los letrados, médicos, ingenieros y arquitectos suelen ver al intérprete como un simple obstáculo físico entre su infinita grandeza y su público. El intérprete es un incordio y les molesta, exactamente igual que lo hacen sus gayumbos; les aprietan los huevos y son un fastidio pero como son necesarios, no tienen más remedio que ponérselos.
Al final de los acalorados y desordenados debates, de la lucha titánica de egos desmesurados y de las deplorables condiciones de trabajo del primer día, sentí que estaba rozando la parálisis cerebral así que intenté dejar claro que así no podíamos seguir dos días más. Les dije que ya que habían tirado la casa por la ventana para organizar este acto, se podían estirar un poco más e instalarnos una cabina con circuito cerrado de TV en otra sala. Total, les iba a salir más barato que una de sus cenas con la troupe pero nadie tenía oídos para mí. Además, a los señores letrados, hablar en un micro y de forma ordenada no les hacía gracia porque preferían la libertad que les brindaba el estilo gallinero en fiestas. Se veía que hablando todos a la vez, a grito pelado y cortándose los unos a los otros se entendían mucho mejor. Aproveché el momento en el que el director ejecutivo me vino a felicitar diciéndome “you’re doing a great job” para contestar que podría hacer un “better job” si entraran en razón y me pusieran una cabina pero mis ruegos cayeron en saco roto. No perdí la esperanza e intenté desesperadamente insistir porque la perspectiva de seguir otros dos días así me espantaba pero no hubo manera; “thank you so much Miguel, you’re really doing a great job” y de allí no le sacaba. Os ahorro el relato dantesco de los días siguientes. Al final del evento, el director ejecutivo me volvió a dar las gracias por mi “great job” y me dio su tarjeta personal diciendo que si un día viajaba al Imperio, tenía que ponerme en contacto con él sin falta porque le encantaría volver a verme. Volví a casa con sentimientos entremezclados. Por un lado, estaba contento de haber capeado el temporal y superado un reto y por el otro, os dejo imaginar toda la serie de emoticonos de almohadillas, calaveras, arrobas, rayos, caritas rojas enfadadas, caritas amarillas fulminando y demás símbolos violentos que me pasaron por la cabeza. Llegué a mi casa y me derrumbé en el sofá. La tarjeta del señor me quemaba el bolsillo mientras que mi angelito de la guarda me inundaba de palabras sosegadoras y recomendaciones insistentes de meterme inmediatamente en la cama para soñar con ovejitas saltando verjas, campos verdes infinitos, gorgoritos de pájaros cantarines y horizontes plácidos pero no, haciendo honor a mi naturaleza, diez minutos después acabé delante del ordenador y gesté la joyita que sigue:

Dear XXX,

I am sending you a few words to thank you for allowing me to participate in the Barcelona event last week.

I have to admit though that the scene was tough but you made it much easier for me so thank you. The Barcelona staff was also very helpful and I am very grateful for that.

I, nevertheless, hope you understand that we went through surreal moments when four people screaming together, half in some sort of adapted classical Arabic, half in bits and pieces of vernacular Western varieties of the language, mixed with an assemblage of Levantine exclamations, all this concoction spiced up with old church vaults echoing, and the whole mix blended with the excruciating sound of unleashed hip skaters performing out in the square, made it feel more like a nutty scene from a 1960s surreal independent Italian movie than anything else. I will just have to add it, I guess, to my library of interesting challenges that I have been collecting in my past nineteen years of steady and tireless mind splitting efforts to access the highest level of schizophrenia ever reached by a human being. Despite my severe brain damage, I still am glad that I accepted this job because it was very interesting and challenging.

I hope that my flight of lyricism in a couple of occasions did not trespass the limits of what is perceived to be acceptable for an interpreter and if it did, I beg you to try to understand that when a perplexed nervous system is pushed beyond its limits, it is perfectly capable of leading a person to behave in a queer fashion. Sincerely, you should try to put yourself in my position to understand how mortifying it can be sometimes to keep repressing, constantly, relentless fierce bursts of cries for common sense, sometimes almost squirting from your guts, while your mind is struggling to focus on performing its interpreting job mechanically and conscientiously.

Sometimes I wish I were born and raised in Norway and I only spoke Norwegian, or maybe born and raised in Sweden, or Denmark. I could also have been a Swedish-Norwegian interpreter for example. Most definitely, God utterly disliked me when He decided to place the little seed of me in a Middle Eastern womb.

I am perfectly aware that I shouldn’t bother you with my existencial considerations on life adversities and that this introspective exercise shouldn’t have left the intimacy of my own mind so please feel free to erase the latter paragraph from your memory in the future.

Anyway, it was refreshing to have understanding ears listening through the earphones so thank you.

Have a fruitful rest of the week,

All the best,

Miguel